QUIERO QUE SEPAN

Quiero que sepan lo afortunados que son de tener un lugar verde y lindo a donde escaparse estas vacaciones de invierno. De no tener que meterse en lugares llenos de gente, hacer colas largas y pagar para ver un espectáculo. De a poco se van dando cuenta de que el verdadero espectáculo lo tienen en frente de sus narices, un poco coloradas y frías, de tanto andar afuera. Yo también tengo suerte de no tener que preguntarme "qué hago con los chicos en estas vacaciones", sólo tengo que abrir la puerta y entonces ellos SON.

Quiero que sepan que es más lindo despertarse con el canto de pájaros madrugadores que con las bocinas de los autos, que tienen suerte de abrir la ventana y encontrarse con ovejas pastando y no con gente apurada y malhumorada. A la mañana se remolonea en la cama pero no demasiado tiempo, es que afuera está la aventura, esperándolos. Un desayuno al lado de la chimenea y capas de ropa en cantidad, únicas armas para vencer el frío del campo que, a veces, se siente como si mordiera los huesos. Pero por alguna extraña razón ellos no lo sufren. Abrir la puerta y sentir el frío que golpea la cara, basta para que se despabilen y corran al encuentro de la naturaleza. Es que, en realidad, esta es su naturaleza. La de que el frío no importe, que las piernas no se cansen y que sus ojos siempre tengan algo nuevo por descubrir. Correr, trepar, saltar, caer, comer, andar, subir y bajar, galopar, explorar, reír; de esto se tratan las vacaciones por estos pagos, en donde el barro es aliado y la lluvia diversión.

Quiero que sepan que son afortunados de comerse las mandarinas que ellos mismos sacan de los árboles y de tomarse la sopa de las calabazas que brotan de esta misma tierra. Que ese huevo frito es el mismo que juntaron del gallinero y que los buñuelitos de acelga que están cocinándose ahora mismo se hacen con esa planta que crece en la huerta, atrás de casa. También quiero contarles que los labios paspados son heridas valientes y que las manos llenas de tierra son las huellas felices de haber pasado un buen rato.

La noche asoma temprano y la oscuridad es la única capaz de mandarlos adentro, cansados y con las botas embarradas, pero con el corazón contento. Quiero que sepan que lo que sienten cada noche cuando entran a casa se llama felicidad. Creo que ya lo saben.


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