LO MEJOR ESTÁ POR VENIR


Este no es un lunes cualquiera para mí. No sólo empieza una nueva semana y un nuevo mes, también empiezan las clases y, formalmente, la segunda mitad del año. Por estas fechas me gusta mirar para atrás y ver qué pasó conmigo en lo que va del año, cuántas de las metas que me propuse aquella noche de año nuevo con amigos, llegué a cumplir o, por lo menos, están en proceso; qué cosas mejoré y qué otras siguen igual.  Una especie de balance de mitad de año que me sirve para saber dónde hacer foco en lo que queda de este 2016 y para reconocer todas esas cosas positivas que pasaron y cuánto aprendí de las negativas. Leí por ahí que cada año tiene su encanto, algunos son de búsqueda e introspección, más calmos y quietos; otros de acción y de armas tomar, pero todos, inevitablemente, son de aprendizaje.

Cuando hoy me tomé unos minutos para mirar para atrás y acordarme de mí misma cuando el año estaba “en pañales”, me gustó lo que sentí. Los primeros días de este 2016 estaba invadida por las hormonas y un puerperio que me tenía confundida. Hablando de pañales, mis días y noches estaban entregadas a un bebé que sólo quería estar a upa de su mamá y lloraba cuando no me veía. Cruz también lloraba porque esta mamá ya no podía disponer de todo su tiempo para compartirlo con él, entonces mis días consistían en hacer malabares para repartir mi mente, mi cuerpo y mi alma entre dos personitas altamente demandantes y sensibles. Uno, por haber llegado a un mundo nuevo y, el otro, porque un mundo nuevo también empezaba para él. Mis necesidades y yo, relegados a un segundo plano. 

Miro para atrás y también me acuerdo de mis ganas de avanzar, de moverme, de hacer algo para mí, algo que me permita sentirme bien, completa, en paz conmigo misma; y al mismo tiempo tener tiempo para mis hijos, disfrutarlos, estar cerca, acompañarlos… Pasaron los meses de apocalipsis y me gusta ver como todo, mágicamente, se fue acomodando. Las piezas desordenadas, de a poco, vuelven a su lugar y una empieza a ver todo con más claridad. La revolución hormonal pasó y hoy puedo decir que volví a ser yo, reconciliada conmigo misma; mi bebé creció y disfruta de otros brazos, Cruz entendió que su hermano llegó para quedarse y ahora no puede vivir sin él, y yo no puedo ser más feliz cuando los espío jugar y veo cómo lo protege y lo hace reír.

Dejé de posponerme y empecé a hacer cosas que me hacen bien, a superarme, a enfrentar todo eso que me costaba, a sacar el piloto automático y avanzar sin miedo en esas metas que me propuse aquella noche de año nuevo. Cuánta satisfacción me da embarcarme en nuevos proyectos, ir tachando pendientes que me pesaban y verme a mí misma más sólida y valiente, menos pensante y más atrevida, sin darle tanto lugar a pensamientos negativos de una mente parlanchina que muchas veces no tiene nada bueno para decir. En estos meses aprendí a reírme de mí misma, a que no me importe tanto el qué dirán, a no ser tan tremendista y a vivir intensamente.

Todavía me quedan objetivos por alcanzar que aún no taché de mi lista, pero me queda toda esta segunda mitad de año que encaro renovada y positiva, a gusto conmigo misma, ahora sí mirando para adelante y sabiendo que todo pasa y que lo mejor está por venir. 


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